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El enfermero colombiano que se ha convertido en 'ángel' para muchos africanos

El enfermero colombiano que se ha convertido en 'ángel' para muchos africanos

Andrés Felipe Rojas es un enfermero particular. Siempre ha estado ejerciendo su labor profesional en lugares alejados de los centros poblados. Ahora mismo, por ejemplo, está en Angola, un país ubicado al sur de África.

Es del municipio de Villavieja, Huila y hasta hace poco vivió en Cali, Valle. Es egresado de la Universidad Surcolombiana (Usco). Desde el 2011, año en el que obtuvo su título de enfermero, ha tenido muchos desafíos.

–Trabajé en el Pacífico nariñense, en poblaciones del Pacífico caucano. Lugares que fueron afectados por la violencia proveniente del conflicto armado, lugares que muchas personas no están dispuestas a conocer o menos a permanecer.

En 2014 tuve la oportunidad de ir a Sudán del Sur (África). Estuve a cargo de una de las tres clínicas ambulatorias de alimentación terapéutica para niños con desnutrición aguda moderada y severa en la ciudad de Malakal, región del Alto Nilo. En 2016 estuve en Sudán, donde ocurrió una epidemia de dengue en el área del Sireaf (occidente del país). 

Allí colaboré realizando planes de contingencia para esta enfermedad. 
También en 2016 tuve mi primer contacto con Angola. Realicé manejo de casos críticos en una gran epidemia de fiebre amarilla y volví en el 2017 para responder a emergencias con refugiados; de epidemias de cólera y malaria–.

Andrés Felipe trabaja con Médicos Sin Fronteras (MSF), a la que define como –una organización médica humanitaria de carácter de salud que, además de ayudar a las poblaciones más afectadas por diversas situaciones como conflictos armados, desastres naturales y epidemias, realiza denuncia de las situaciones en los lugares donde desarrolla sus actividades. Esto permite visualizar lo que ocurre en esos lugares–.

Andrés Felipe, entonces, es algo así como un ‘enfermero de la guerra’. De Colombia a África, siempre trabajando en zonas rurales, alejadas de lo urbano, en medio de lo que pueda dejar o traer el conflicto armado, la violencia, el miedo. 

–Volver a Angola fue una decisión basada en el conocimiento previo del país. En esta ocasión, fui llamado para trabajar junto a un equipo de MSF para brindar asistencia a los refugiados congoleños (en su momento más de 15.000, cifra que luego a finales del 2017, llegó a los 35.000). Los refugiados huyeron de la violencia en la región de Kasai, en la República Democrática del Congo. Se desplazaron hacia la ciudad de Dundo, en la región de Lunda Norte, en Angola. 

Se identificaron las necesidades dentro de la emergencia: agua, saneamiento, comida, salud. Uno de los principales problemas son los niños en estado de desnutrición severa y moderada. Se necesitaba de ayuda y dentro de mis anteriores misiones tuve experiencias que podía aplicar en esta misión y junto al personal nacional e internacional hemos salvado vidas. Estamos brindando esperanza a estos pueblos–.

Es precisamente eso, salvar vidas, brindar esperanza, sacar sonrisas, el pago del ‘enfermero de la guerra’. 

–Trato siempre de remitirme a los pasajes alegres de mi estadía. Acá en Angola, por ejemplo, recuerdo muy bien ver llegar a una madre en llanto con sus hijos al hospital donde estábamos atendiendo pacientes con malnutrición severa y moderada. 

En su espalda un niño de 5 meses y en sus brazos una criatura de una edad desconocida para su mamá, pero aproximadamente de unos cuatro años. La niña, con una malnutrición severa, shock hipovolémico, con malaria, más anemia grave y en coma. Su aparato esquelético era evidenciado por la piel sin un solo gramo de tejido adiposo que se ceñía a cada hueso. 

Estabilizamos a la pequeña, realizamos transfusión sanguínea y tratamiento de malaria grave, tratamos sus múltiples infecciones... y es increíble que estas personas, un mes después de haber buscado ayuda, salgan del hospital con una sonrisa. La niña caminando y jugando.

Sin embargo, me duele la normalización de las situaciones. Ver personas al borde de la muerte, personas por las cuales nadie se interesa–. 

Desde Angola, Andrés Felipe responde un cuestionario de catorce preguntas, con el cual es posible escribir esta historia, su historia. 

–Es día de suerte. Afortunadamente la tecnología estuvo de mi parte. Tuve acceso a internet, que aunque de mala calidad, me permitió responder la entrevista y hablar con mis familiares.

Al salir de misión generalmente sé cuáles son las condiciones a las cuales me voy a enfrentar. Hay condiciones mejores que otras, dependiendo el contexto. En ocasiones no hay antenas de telefonía y las comunicaciones se realizan por radios entre las personas de terreno y por redes y telefonía satelital para poder comunicarse con la coordinación. Éstas últimas se pueden usar solo en caso de emergencia para comunicarse con la familia–.

El ‘enfermero de la guerra’, tan lejos ahora mismo, teme no volver a casa.
–Ocurren tantos actos de violencia en medio de las acciones humanitarias, que temo quedar atrapado en alguno de ellos. Ser consecuencia de un daño colateral de la guerra y no tener la oportunidad de ver a mis seres queridos.

Extraño la compañía de mi familia. El compartir con ellos un almuerzo. Hacer deporte, salir a montar en moto junto a mis amigos... son cosas que generan un sentimiento de melancolía. Lo bueno es que soy una persona que cuando empaca sus maletas, también carga esos buenos sentimientos que te producen las personas, al final son esos sentimientos los que te van a acompañar en la ausencia de tus seres queridos–. 

Andrés Felipe Rojas, el enfermero, tal vez lo sepa: es un tipo particular.

Fuente: https://www.elpais.com.co/contenido-premium/el-enfermero-no-que-se-ha-convertido-en-angel-para-muchos-africanos.html

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